Niños fantasmas en el Cementerio de San Miguel

Portada Cementerio de San Miguel

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Texto/Fotos: Francisco J. Vázquez.

El Cementerio de San Miguel es un camposanto inaugurado en Málaga el 1 de julio de 1810 y clausurado como tal el 31 de diciembre de 1986. Recibe este nombre porque se puso bajo la advocación del «Príncipe de los espíritus celestiales», San Miguel Arcángel. Pocos podían sospechar entonces que tan lustroso nombre le iba a venir que ni pintado.

Y es que probablemente sea el cementerio de Andalucía con el mayor número de fenómenos extraños recogidos: fantasmas, sociología del milagro e incluso rituales orientados hacia las ánimas negras han estado relacionados con el mismo desde hace décadas.

Aunque ahora su aspecto es muy diferente al que tenía cuando supuestamente se desarrollaban todo este tipo de sucesos, aún es fácil que un escalofrío se sienta ante una sombra que se cruza, o un sonido que se escapa entre las calles de panteones monumentales que se erigen en éste.

De todos aquellos sucesos, dos son los que posiblemente más repercusión tuvieron. Los dos con presuntos fantasmas de niños que, desde aquello que pueda haber al otro lado, pusieron de su parte para ayudar a quienes se lo pidieron. Esta son sus historias…

La tumba del niño Antoñito

Nicho del niño Antonio
Nicho de Antoñito lleno de centenares de presentes traídos por los visitantes.

Corría el año 1985 cuando una noche del mes de noviembre el padre José Fernández (conocido en Málaga como el Padre Pepito), y que solía pasar noches en interior del camposanto por motivos laborales, escuchó la voz de un niño de muy corta edad llorar y lamentarse llamando a su madre.

Al grito de “¡Mama, mamá!” este hombre salió de habitación erigida junto a la capilla donde pernoctaba pensando que, como el cementerio se cerraba de noche (eran muros altos y con gruesa verja de entrada), el crío podía haberse despistado de sus padres y quedado dentro, por lo que estaría aterrorizado.

Salió a la búsqueda del niño y siguió la voz. Y la voz lo llevó a una zona de nichos próxima a la habitación desde la que había salido. Buscó por la zona y no lo encontró, a pesar de que sonaba cercano y desconsolado.

Tranquilizándose un poco fue afinando el oído y se quedó totalmente alucinado al comprobar que los lamentos y los lloros procedían del interior de un nicho en particular. Nicho en el que, tras acercarse, tocarlo y preguntar a gritos dónde estaba quien emitía tan profundos llantos, cesaron los mismos y volvió a reinar el silencio.

Desconcertado, siguió aún un buen rato deambulando por la zona para ver si aquella voz retornaba o encontraba al crío. Pero no lo hizo y volvió a la habitación, donde evidentemente no pegó ojo en lo que restaba de noche.

A la mañana siguiente, presa de la duda y de un pálpito, consultó el registro de defunciones al que tenía acceso y quedó sorprendido al comprobar que allí reposaban los restos de un niño llamado Antonio, de algo más de 2 años de edad, que al parecer había muerto a causa de una enfermedad larga y agónica.

Parece ser que el fenómeno del llanto del pequeño no sólo lo escuchó este religioso, sino que el suceso en esos días fue muy común, siendo numerosas las personas que oyeron algo similar a lo narrado en esa zona de nichos y a horas muy diversas. Unos hablaron con otros, la cosa se extendió, y sin saber cómo ni de qué manera la tumba del niño Antonio (desde entonces Antoñito para el pueblo malagueño) se convirtió en un auténtico fenómeno relacionado con la sociología del milagro.

La tumba se llenó de juguetes, chucherías, fotografías, ropa y cartas que los visitantes le traían para pedirle el favor de ayuda ante la operación de algún niño cercano (hermanos, sobrinos, hijos, nietos…). Y cuando muchas de estas intervenciones salían bien (por ser de índole menor, sin mayor riesgo o envergadura) muchos volvían a agradecer la intercesión, por lo que el fenómeno creció.

Cuando el cementerio empezó a trasladar parte de los restos al actual camposanto de Málaga, al cuerpo de ese niño se le pierde la pista, pero mucha gente siguió llevando elementos al que había sido lugar de reposo de aquel crío, y haciendo peticiones por ayuda ante intervenciones quirúrgicas a menores. Sólo la demolición de esos nichos acabó con el fenómeno, aunque quedan los testimonios gráficos de ello.

La niña Marta

Algo parecido a lo acontecido con el niño Antoñito ocurría en otra zona del cementerio con otra menor, en este caso Marta (Martita para todos). No sabemos la edad exacta de la cría (algunos hablan del entorno de los 9-10 años), pero sí la causa de su muerte: un accidente de tráfico.

Tampoco conocemos el origen del suceso que desencadena este caso. Lo que sí sabemos es que en una zona interior del cementerio, que era bastante apartada y tenebrosa por cuanto que el número de nichos era allí excesivo y se superponían en galerías y recovecos para aprovechar un mayor número de éstos, con puertas de hierro descolocadas y oxidadas que separaban recintos y sucesivas filas que hacían excesivamente angostos y claustrofóbicos los pasillos de separación, había otra tumba que también recibía el fervor popular.

Cartas, juguetes y fotografías se podían encontrar en la tumba, pero no tenían nada que ver con la de su compañero de descanso eterno. Lo que allí se dejaban eran cartas de amor, fotografías de parejas o de la persona amada, y peticiones de intercesión en ese amor. Evidentemente, también las había de desamor, y de deseos de que nuevas relaciones se fuesen al traste si esa otra persona no estaba con quien le deseaba el mal.

Corría el rumor de que mucha gente, al acudir a aquel lugar tan peculiar (con las circunstancias ya expuestas) creía ver a una niña que se asomaba desde las esquinas, o el sonido de una carrera infantil en las cercanías. Y muchos consideraban que esa era la mejor señal de que Marta iba a ayudar a conseguir ese amor (muchas veces no correspondido). 

Ni que decir tiene que el pavor a que la niña se apareciese en aquellos laberínticos pasillos de nichos podía a veces más que el anhelo de conseguir estar con la persona amada. Más de un ataque de nervios, pánico y ansiedad fueron testigos de que la empresa no era tan sencilla como parecía. Y no era raro encontrar en el trayecto hacia la tumba de Martita alguna carta caída o alguna foto abandonada en los entornos, en un intento donde pudo más el miedo que el deseo.

Un misterio que se diluye en el tiempo.

Padre José Fernández.
El Padre José Fernández en una foto de mediados de marzo de 2022.

San Miguel es hoy día un parque cementerio utilizado como columbario. Las mejoras realizadas en el recinto en los primeros años del s. XXI han hecho de él un lugar sobrio donde visitar los 250 panteones monumentales que evidencian el poderío económico de las familias allí enterradas (muchas de ellas aún con miembros en la sociedad malagueña actual), o donde pasear por el parque anexo al mismo y que en un tiempo fue ocupado por los patio civil y patios 2º y 4º del antiguo camposanto. 

No queda ya rastros de aquellas hileras de nichos que convertían el lugar, hasta hace no más de dos décadas, en un espacio tenebroso y angosto que sobrecogía el alma de los que se adentraban bajo los límites de sus muros. Sigue siendo un sitio que infunde respecto, pero muy lejos de aquel cementerio que ponía la piel de gallina cuando caminabas entre sus tumbas.

Hoy, en el lugar que entonces ocupaban esos nichos hay una línea de baldosas en el firme que vagamente evidencia lo que allí una vez hubo. Ya no hay juguetes, ni chuches, ni fotos o textos que recuerden un pasado de Misterio. Tan sólo, de momento, la figura del Padre José Fernández que, convertido ahora en trabajador del lugar, sigue guardando y deambulando por el camposanto que tanto le dio y por el que tanto está dando. Es muy mayor, pero sigue al pie del cañón mimando cada recodo del cementerio donde la muerte y la vida han ido de la mano, y no siempre en el mismo sentido.

Para visitar:

Cementerio de San Miguel

Pl. del Patrocinio, 8 – 29013 Málaga.

cementeriosanmiguel.malaga.eu

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