Los enigmas del Dolmen de Menga

Dolmen de Menga

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Texto/Fotos: Francisco J. Vázquez.

La ciudad de Antequera, situada al norte de la provincia de Málaga, cuenta con uno de los yacimientos arqueológicos más impresionantes de la geografía española y, sin duda, el más importante con diferencia en lo que a arquitectura megalítica se refiere. Se trata del denominado Sitio de los Dólmenes de Antequera, un espacio que posee cinco elementos declarados por la UNESCO como Patrimonio Mundial de la Humanidad en julio de 2016.

Los dólmenes de Viera y Menga, junto al tholos de El Romeral, se convirtieron en bienes culturales debido a que son fiel reflejo de la mezcla entre el denominado paisaje monumental y la propia arquitectura prehistórica europea. Sus construcciones datan del Neolítico (en el caso de los dos primeros) y de la Edad del Cobre (para el tercero), y sus características más evidentes son las de estar formados por enormes bloques de piedra que, de manera rústica pero bien definida, presentan cámaras que en Menga o Viera son de cobertura adintelada mientras que en El Romeral lo son de falsa cúpula.

Si bien es cierto que cada uno de los monumentos megalíticos del conjunto tiene sus singularidades, no es menos cierto que es el de Menga, con diferencia, el más particular de los tres tanto por sus dimensiones como por sus peculiaridades. Y también, por qué no decirlo, por los secretos que aún parece que oculta su estructura.

Un megalito fuera de lo común.

Cuando el visitante se planta frente a la entrada de Menga lo primero que aprecia es su enorme tamaño: es ciclópeo. Construido con técnica ostostática, presenta una longitud de 27,50 m. y una altura variable que oscila entre los 2,70 m. en la entrada y los 3,50 m. en la cámara final, donde se llega a alcanzar una anchura de hasta 6 m., y todo ello cubierto bajo un túmulo de 50 m. de diámetro.

Considerado como un sepulcro de corredor de atrio abierto, cada uno de los laterales del dolmen está compuesto de un total de doce ostostatos de grandes dimensiones. De hecho, algunas de estas paredes de piedra alcanzan la friolera de los 4,70 m. de altura (incluida la porción del mismo que se encuentra hundida en la tierra, por cimentación, de alrededor de 1 m.) y un grosor de más de 1,5 m. Si esto ya es de por sí sorprendente, no lo es menos que el conjunto esté cubierto por un total de cinco losas descomunales sustentadas sobre tres pilares y que la última de ellas, la denominada cobija, pese aproximadamente 180 toneladas.

Los datos, que dicho así suenan fríos, se entienden mejor si reseñamos que en el Egipto faraónico, hace unos 4500 años, se movían piedras para construir las pirámides de entre 2,5 y 60 toneladas mientras que aquí, 2000 años antes que los egipcios, lo hacían de casi el triple de peso. Pensar en el volumen humano necesario para la construcción de semejante monumento megalítico es hablar de centenares (quizá miles) de personas volcadas en un mismo propósito en un tiempo en el que el contacto humano no era tan común, y menos la colaboración.

Otro de los elementos que se salen de lo común, aparte del tamaño, es su orientación. A pesar de que la inmensa mayoría de estas construcciones están orientadas hacia la salida del sol, normalmente en el solsticio de verano, Menga en cambio lo hace hacia el noroeste (acimut de 45º), es decir, al norte de la salida de nuestra estrella. Esta aparente anormalidad se entiende mejor si observamos la dirección en la que apunta. Nada más y nada menos que hacia la montaña sagrada, denominada La Peña de los Enamorados, una cumbre con forma de rostro humano tumbado sobre el horizonte. Sin duda fue vista por estas sociedades de constructores megalíticos como un elemento lo suficientemente poderoso como para salirse del contexto cultural establecido, probablemente como una deidad más a la que rendir culto.

Sin embargo, estas singularidades no son nada al lado de un elemento que hace a este dolmen único en el mundo, y que no es otro que la existencia de un pozo en el interior del mismo descubierto en unas recientes excavaciones en el año 2005.

Pozo del Dolmen de Menga
Pozo del Dolmen de Menga situado bajo la cobija de la cámara funeraria.

El pozo de Menga.

Corría mediados del siglo XIX cuando el arquitecto y cartógrafo Rafael Mitjana y Ardinson realizó el primer estudio en profundidad del monumental sepulcro, trabajos que culminaron con la publicación en 1847 de la «Memoria sobre el templo druida hallado en las cercanías de la ciudad de Antequera«. En dicha memoria, de escasas veintiséis páginas, el investigador escribía: “Se ha hecho una excavación en el centro de la cueva bajo de la gran piedra, sitio donde se creía encontrar restos de cadáveres, urnas, etc., profundizando de 20 a 26 pies, y nada se ha encontrado: lo mismo ha sucedido con una galería que se ha hecho en el testero que da a otro montón de tierra que hay detrás de la cueva”.

Cuando en el año 2005, en unas excavaciones destinadas a localizar el suelo original sobre el que se erigía el monumento se encontró la oquedad que años antes había señalado Mitjana, nada hacía suponer que aquel hallazgo fuese algo más allá de un agujero que en algún momento podía haberse hecho en busca de restos y posteriormente rellenado para evitar accidentes. Sin embargo, a medida que se empezó a extraer el material que ocultaba aquella abertura se empezaron a dar cuenta que el descubrimiento era más impactante e importante de lo que nadie podía suponer.

Se trataba nada más y nada menos que de un pozo de 19,5 m. de profundidad (cuya medida “coincide” que el tamaño de la cámara funeraria) y con un diámetro de boca de 1,5 m. que se encuentra situado al fondo de la estructura, justo junto al tercer pilar y bajo la cobija más grande del complejo. De hecho, una vez despejado se comprobó que el mismo llega a un manantial de agua cuyos análisis corroboraron que es no sólo potable, sino de una calidad excepcional.

A ciencia cierta su existencia no deja de ser a día de hoy un auténtico misterio. Para empezar, la datación de la obra es compleja y no ha podido aún ser determinada con exactitud. Factores como el relleno sufrido por éste (evitando así el estudio de los estratos) o la ausencia de objetos arqueológicos concluyentes han evitado poder fecharlo sin ningún género de dudas. Tampoco se entiende la construcción de un elemento que sin duda requirió un trabajo arduo y pesado con herramientas muy básicas y rudimentarias cuando, a escasos 300 m. había fuentes naturales de agua que hubiesen evitado cualquier necesidad de elaborarlo. Pero quizá, lo más sorprendente es el hecho de que se encuentre dentro de la estructura megalítica, lo que lo convierte en la primera obra hidráulica artificial localizada en un dolmen neolítico.

Así las cosas, con una mega estructura de piedra que requirió el esfuerzo de miles de hombres hace más de 6500 años, una orientación diferente a la habitual y un pozo que se erige como elemento único en este tipo de estructuras, cabe preguntarse lo siguiente: ¿fue el dolmen de Menga algo más que un mero sepulcro?

Orientación del Dolmen de Menga
El Dolmen de Menga está orientado hacia la montaña sagrada.

¿Una “catedral” de piedra prehistórica?

Resulta curioso pensar que los romanos conociesen por el nombre de Antikaria a la actual población de Antequera, máxime cuando el significado de esa palabra es “ciudad antigua”. Es decir, Roma consideraba y asumía que los habitantes de la zona llevaban allí miles de años antes de su llegada, habiendo dejado monumentos en piedra tan longevos como los que ellos legarían para el futuro. También asumieron que la vega antequerana era un lugar considerado como sagrado desde tiempo inmemorial. Y no sólo para las sociedades anteriores a ellos, sino también para las posteriores. Por eso cabe la duda de pensar si esta mega estructura megalítica, tan peculiar y única, era algo más que un monumento funerario al uso.

La arqueología tiene claro que el dolmen de Menga fue concebido en un principio como un lugar de enterramiento. Así lo expone al menos Lidia Cabello Ligero, arqueóloga, Doctora en Prehistoria y Arqueología y Profesora Sustituta Interina (PSI) del Departamento de Prehistoria de la Universidad Málaga: “Exacto, la finalidad es el enterramiento. La cámara sí existe, se trata de una gran cámara ovalada en cuyo interior debía albergar los cuerpos. Presenta atrio y corredor. Sin embargo, no existe constancia a nivel arqueológico de estos cuerpos, motivado por el hecho de que Menga parece ser o se ha interpretado que ha estado abierto siempre hasta nuestros días, por lo que de existir en origen cuerpos en su interior el paso de las diferentes culturas que han usado el dolmen ha podido ocasionar la perdida de estos restos”.

Ante la idea de que el mismo fuese una especie de lugar de culto preestablecido, una especie de “catedral” neolítica, apunta que “más que catedral yo hablaría mejor de un lugar de agregación, de reunión de distintos grupos en momentos señaladas para conmemorar o celebrar determinados eventos: solsticios, equinoccios, cosechas… frente a una imagen antropomorfa que debió ser un gran símbolo para estas sociedades de la Prehistoria”.

Mucho más claro resulta el tema para Miguel Ángel Varo, investigador local empeñado en dar a conocer el inmenso legado inmaterial de la comarca Antequera y creador del espacio Antequera Oculta. Él sí tiene claro que Menga era un recinto sagrado al más puro estilo de nuestras catedrales actuales. Y sustenta su teoría en una serie de características bastante plausibles.

Por ejemplo, del pozo dice que “para mí es un pozo ceremonial y, si no es coetáneo al propio dolmen, sería anterior al mismo”, argumentando que la propia lógica indica que “a nadie se le ocurriría hacer un pozo tan profundo junto a un pilar, debajo de una cobija de 180 toneladas. ¿Para qué? ¿Para arriesgarse después del trabajo de construcción a que la estructura se viniese abajo?”. Y añade que “Menga se construyó para salvaguardar el pozo, o más concretamente el agua sagrada que se extraía de él”. Por tanto, añade un nuevo elemento a la ya complicada ecuación: el agua como elemento sagrado y ceremonial.

También considera que los pilares que sostienen la cubierta no son en realidad pilares como tales, sino menhires que fueron reutilizados para su uso actual. Así, se explicaría que Menga tenga la orientación que tiene hacia La Peña de los Enamorados porque previamente a su construcción encontraríamos ya un pozo ceremonial y tres menhires orientados hacia tan mágico lugar, haciendo posteriormente la construcción del dolmen sobre esos elementos ya existentes, añadiendo que “nuestros ancestros no hacían nada al azar”. ¿Fue, por tanto, Menga, un lugar sagrado, una especie de “catedral” neolítica? La respuesta no puede ser más tajante: “No me queda duda alguna”.

Fuentes utilizadas:

Dólmenes de Antequera: guía oficial del Conjunto Arqueológico. Autores: Juan Fernández Ruiz & José Enrique Márquez Romero. Edita: Junta de Andalucía. Año: 2018. ISBN: 9788482668659.

Memoria sobre el templo druida hallado en las cercanías de la ciudad de Antequera. Autor: Rafael Mitjana y Ardinson. Año: 1847.

www.juntadeandalucia.es/organismos/culturaypatrimoniohistorico/areas/bienes-culturales/patrimonio-mundial/paginas/dolmenes-antequera.html

Para visitar:

Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera.

Ctra. de Málaga, 5 – 29200 Antequera (Málaga).

www.museosdeandalucia.es/web/conjuntoarqueologicodolmenesdeantequera

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2 comentarios

  1. El Dólmen de Menga es de los más valiosos que tenemos en nuestro país , y parte de Europa y del Mundo. Tiene una serie de peculiaridades que lo hacen único. Este artículo lo refleja bien, aunque seguro, que Misterios en Andalucía nos tiene preparado muchas cosas más sobre él, que estoy deseando ver.
    Fantástica presentación para todo lo que está por llegar.
    Menga es único, gracias por darlo un poquito a conocer y espero que haya muchos artículos más, tanto de Menga, como del fantástico Conjunto Arqueológico de los Dólmenes de Antequera, que tenemos la gran suerte de tener tan cerca.

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