La brujería en Andalucía: algo más que una leyenda

Pentagrama en el suelo

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Texto/ Fotos: Francisco J. Vázquez.

La práctica de la brujería en España suele estar asociada a la zona norte del país, especialmente a comunidades como Galicia, Navarra o País Vasco. En tierras andaluzas no es un tema que haya sido históricamente muy divulgado. Sin embargo, que no fuese conocido no significa que no existiese. De hecho, muchas de sus tradiciones, leyendas y lugares están marcados como mágicos por estas prácticas ocultistas que han dejado en evidencia la íntima relación que tiene esta tierra con la hechicería y sus enigmas.

Pero ha sido gracias a los documentos inquisitoriales cuando hemos comenzado a vislumbrar la enorme implantación que existía de estas acciones en nuestro territorio. Y es que la Santa Inquisición fue muy minuciosa a la hora de recabar datos entre los siglos XVI y XVIII: sospechas, sucesos, sitios donde se produjeron los hechos, interrogatorios practicados, protagonistas, castigos, víctimas, delatores… Todo quedaba registrado.

Ni que decir tiene que estos elementos son una fuente excepcional y prácticamente inagotable de información sobre esta temática, a la vez que son los guardianes manuscritos de muchos de los sucesos que dieron lugar a generar la enorme leyenda que se cierne sobre tan peculiar actividad. De ellos se pueden llegar a sacar conclusiones tremendamente interesantes.

Algunos datos sobre la brujería andaluza.

La brujería como tal no sólo estaba asentada en la sociedad andaluza, sino que además era una actividad muy común y cotidiana. Debemos pensar que cada ciudad, cada pueblo o aldea tenía una o varias personas que se dedicaban a estos menesteres.

Normalmente estos individuos eran personas con unas sensibilidades especiales, del tipo videntes, médiums o sanadores, gentes estos últimos que tenían conocimientos de botánica y medicina natural (adquirida a través de la experiencia a lo largo de generaciones), y a los que se acudía no sólo en caso de problemas de salud, sino también de consejo (tanto personal como espiritual).

Como solía ocurrir en todos los gremios, y el de la hechicería podría considerarse uno de tantos, los conocimientos se transferían sólo en el ámbito estrictamente familiar o, en su caso, a los “nuevos aprendices”. Es decir, no estaban al alcance de la mayoría y, por tanto, su transmisión y uso estaba relegado a un círculo muy pequeño de personas.

Otro dato que resulta destacable es que el sexo de la mayoría de quienes realizaban estas acciones solía ser el femenino. No hay una clara relación efecto-causa, pero podría estar relacionada con la mera tradición popular por cuanto dentro del mundo de lo oculto las mujeres eran las que se llevaban la fama (fuese buena o mala). De hecho, tenían su espacio social reconocido dentro de cada población como magas, encantadoras, sanadoras, adivinadoras o, simplemente, brujas.  

Dicho esto, cabría preguntarse por los factores que fueron determinantes para la proliferación de esta actividad en tierras andaluzas. Y sin duda tres son los que resultan esenciales para ello: la geografía del terreno, la dispersión de las poblaciones, y el crisol de culturas que han habitado siempre aquí.

Ente surgiendo de la pared
Representación de una entidad surgiendo de una pared.

Así, la geografía andaluza es amplia y variada, y ha dado espacios propicios para el desarrollo de la actividad. Lugares como la Serranía de Ronda o El Torcal de Antequera en la provincia de Málaga, La Alpujarra granadina, o espacios singulares como la Sierra Mágina o la Sierra de Cazorla, Segura y las Villas en la provincia de Jaén, han sido siempre lugares con una amplia tradición brujeril. Tampoco quedan al margen de ello las numerosas cuevas y simas que coronan la orografía andaluza, siendo estos espacios lugares proclives para el desarrollo de la nigromancia, pues eran escenarios propicios para generar sugestión en aquellos que decidían acudir ante quienes alardeaban de tener conocimientos del mundo arcano.

Respecto a la dispersión de pueblos y aldeas (especialmente en los siglos XVI y XVIII, en los que la brujería tuvo un mayor auge), las enormes distancias entre ellos, las dificultades de tránsito y, en muchos casos, los accesos difíciles, contribuyeron enormemente a que tanto las creencias como las tradiciones orales fuesen la oposición natural a las nuevas normas impuestas por la sociedad general. Y es que el hecho de que la Iglesia empezase a condenar y a señalar determinadas actitudes no era óbice para que lo que siempre se había hecho se siguiese haciendo.

Por último, Andalucía ha sido siempre un lugar donde las diferentes culturas y civilizaciones que han pasado o se han establecido en ella se han mezclado. No es de extrañar, por tanto, que en la memoria social y colectiva permaneciesen costumbres y ritos dispares donde los remedios naturales o “espirituales” para tratar males diversos (físicos o psíquicos) tuviesen su lugar ya asentado. Sólo había que aplicar conjuros de cierta complejidad y determinadas condiciones específicas para que el caldo de cultivo de la magia y la superstición fuese cosa hecha.

Se desborda la leyenda

¿Qué llevó a desatar el miedo hacia “profesiones” totalmente aceptadas y utilizadas desde la más remota antigüedad y englobadas bajo el paraguas de la brujería? Fue una concatenación de causas. Para empezar, la Iglesia empezó a perseguir a aquellas personas que desafiaban el «poder de Dios». Gentes que utilizaban no sólo medios naturales que se encontraban en el entorno de las ciudades para tratar a sus semejantes, sino que además utilizaban ritos y conjuros (en muchas ocasiones de estructuras similares a los de la propia Iglesia) para hablar con los muertos, hacer predicciones, o desatar maleficios, por lo que no había duda de que “se comunicaban con demonios y seres del inframundo”. A éstos se les requería supuestamente ayuda a cambio de vender sus almas o de hacer sacrificios, alejándose pues con sus actos de la doctrina cristiana.

Así, de la noche a la mañana los sanadores, hechiceros, nigromantes o brujos se convierten primero en un tema tabú, y después en personajes a los que la sociedad empieza a dar la espalda, a marginarlos.

Tampoco ayudaban a la causa el secretismo de sus prácticas, ni sus representaciones muchas veces exageradas, ni el “escenario” que muchos montaban para crear más sugestión en sus clientes. Y por supuesto, no se podía olvidar a la naturaleza humana, donde muchos de estos personajes utilizaban sus conocimientos para hacer daño (venenos, tramas, engaños…) por el precio de unas monedas.

De esta forma, la brujería se convirtió en algo “sucio”. Y se metió en el mismo saco tanto a los que actuaban en favor de unos como a los que dañaban a otros. El respecto se convirtió en miedo, y el miedo en rechazo.

Pero esta situación no acabó con las prácticas de brujería en Andalucía. Al contrario, se convirtió en una actividad en la sombra a la que seguían acudiendo todos los estratos sociales y de todas las edades. ¿Por qué? Porque la realidad a veces supera al miedo y las enfermedades, males de amores, envidias, deseos o necesidades han sido siempre elementos que no todos han sabido gestionar. Para eso han estado siempre los practicantes de la hechicería, para conseguir solventar los problemas que nos han llegado o, en su caso, nosotros mismos nos buscamos.

Fuentes utilizadas:         

Magia y vida cotidiana. Andalucía, siglos XVI-XVIII. Autor: Rafael Martín Soto. Edita: Renacimiento. Año: 2008. ISBN: 9788484723974.

Para visitar:

Museo Lara

Calle Armiñán, 29 – 29400 Ronda (Málaga).

www.museolara.org

 

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Un comentario

  1. Qué interesante esta información sobre un tema tan trillado a lo largo del tiempo como es la brujería.
    Desmontando mitos, como que la brujería solo se daba en el Norte de España, y que las brujas tienen gatos negros y vuelan sobre escobas…
    Y su relación con la Inquisición, seguro que pocos, incluida yo misma, conocíamos.
    Las fotos, impresionantes !!!!

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